lunes, 3 de enero de 2022

Una noche lluviosa en el Shami

El otro día fuimos al Shami con mi familia. Ahora sé cómo se escribe porque cuando pregunté esa noche mi tío señaló un servilletero o el menú, ya no recuerdo bien, y ahí aprendí. Llegué 15 minutos antes que el resto y esperé afuera bajo un techito, a pesar de que llovía, porque el Shami no tiene onda como para esperar adentro.

En fin, pedimos shawarmas, la especialidad del lugar, y algunas cosas más de puro glotones, entre esas un puré de garbanzos que, aparentemente estaba medio en mal estado. Digo “medio” porque al otro día todos estábamos vivos. Pero nadie se dio cuenta hasta que llegaron mis tíos de Buenos Aires; no venían de Buenos Aires, sino de la casa de mi abuela. Ya íbamos comiendo la mitad del plato; creo que mi tía, al tener una hija chef y un hijo que también es bastante chef pero del tipo diletante, tiene mejor sentido del gusto y/u olfato.
Mi tía (madrina), especialista en cambios, llama a la moza, le avisa que el puré de garbanzos está en mal estado y pide que lo cambien. Lamentablemente ya habíamos comido la mitad de la porción, lo cual, en el universo de los restoranes, sabemos que dificulta el caso. Como condimento a esta situación, la moza nos trataba con desprecio. Creo que tienen cierto rechazo a tener clientes.
Al rato vuelve quien nos atendía, con cierta actitud de enojo transferido desde la dueña del local hacia nosotros, siendo ella el medio. Nos dice que como ya habíamos comida la mitad no podíamos cambiar ni devolver esa porción. Lo cual me imaginaba. Intenta apoyar nuevamente esta media porción de la discordia en nuestra mesa. Mi tía ataja el plato y le dice que “no”, que está bien, que no nos cambien la porción, pero que se fije si nos pueden dar sólo media porción en buen estado, la mitad que no comimos (probablemente ya escupida por toda la cocina, pienso yo, en caso de que este nuevo plan tenga éxito).
Se emprende otro retorno a la cocina, esta vez ya con miedo de la reacción que pueda ocurrir en el extremo de la gerencia, que está en la caja, lugar desde el cual la dueña digita órdenes, dinero y mala onda. Vemos aproximarse a nuestra mesa otra moza, esta vez una más tímida, menos aguerrida, quizás una suerte de mediadora improvisada, nuevamente con el mismo plato, tal cual estaba antes de irse. Con tono tembloroso nos dice que la dueña no acepta de vuelta ese medio plato en mal estado y que teníamos que recibirlo de nuevo en nuestra mesa, como si tuviese vencido el pasaporte o algo así. Tía ataja nuevamente el plato y le dice que no lo aceptamos, que si lo vamos a pagar pero que lo lleve de vuelta. El rostro de la moza transmite cierta condición de “acción imposible de ejecutar” como cuando querés eliminar un archivo PDF que tenés abierto. Nos dice que no la pongamos en esa situación, imagino los ojos de odio de la dueña del local, pero no me atrevo a mirar hacia la caja.
Le decimos que deje el plato ahí, en una de esas mesas vacías que están cerca y que vuelva sin el plato. No hace esto último sino que lo lleva de vuelta a la cocina, no sé cuál habrá sido el diálogo ahí, pero no volvimos a ver el plato; se esfumó junto con la propina.