sábado, 29 de junio de 2024

Las alumnas del terciario

 Cuando estaba en la secundaria 

en algún momento armé mi grupo de amigos,

éramos tres o cuatro, 

dependiendo el día. 

Algunas veces caminábamos por el centro

en busca de panchuques picantes, 

había de roquefort también.

A veces decía - me acompañan a que le vaya a pedir 

plata a mi vieja en la escuela? -

Había que caminar tres cuadras.

En esa época te acompañaban sin chistar.

No me quejo, 

ahora trabajamos

y estamos cansados.

 

No necesitaba la plata. 

Ya habíamos comprado y comido los panchuques.

Quería ver a sus alumnas del terciario, 

me llevaban como 6 años, 

o un metro, calculaba yo.

Las recuerdo altas

como las ventanas de la escuela.

Las aulas estaban arriba.

Tenía que subir una escalera caracol,

de mármol, 

que iba por dentro de un cilindro 

gigante y frío.

 

Las alumnas del terciario

fumaban, apoyadas en esa pared curva y gris,

con su pelo largo, guardapolvo y jean.

Algunas estaban sentadas, 

iluminadas levemente 

por un patio de mosaicos

de las siete de la tarde.

martes, 2 de enero de 2024

Una ciudad que se apaga

 Las brisas de diciembre se filtran por mis costillas, Incubus retumba en mis oídos y un pequeño libro, regalo de cumpleaños, es escudriñado por mis ojos mientras mi panza se achata contra un colchón inflable.

En los confines de mi ínsula posterior nace, se desvanece y resurge la misma imagen a cada momento, como una velita de cumpleaños de las que no se apagan. La re-representación del sello sobre la plasticidad de mis blancos papeles; sobre ese aglomerado doblado en las puntas por el peso de nuestros codos. La luz blanca del día que proviene de la calle, se cuela por entre los barrotes de hierro de una ventana alta, debajo de ella, una numeración indeleble que se discute, se cae y se reescribe. La claridad del haz inmigrante evidencia el vapor que emana del termo abierto. El agua se había pasado y había que dejarlo destapado para que se enfriara un poco.

Yo tomaba los fuertes, ella los lavados. Tomaba las infusiones cuando ya casi no tenían sentido, el té tibio-casi frío, y el mate lavado. Pero el amor lo consumía en su momento justo, cuando era inmaduro, pasional y voraz, en su apogeo de irracionalidad. Pero también así, rebalsando de felicidad. Siestas y tardes de risas reales, caricias que no había que pensarlas, solíamos criticar las máscaras. Golpes, accidentes y caídas de la cama como niños que no se aguantaban esos espasmos entre cada carcajada.

Cientos de fotos de su belleza siendo revelada por los rayos del sol desde distintos ángulos y en distintos parques. Su belleza, literalmente, sobre un pedestal.

Fragmentos de abril traspasando los acantilados de mi cerebro como hojas de afeitar. Cuatro cifras que tengo que digitar cada vez que quiero suplir una necesidad impuesta; cero-impar-cero-par. ¿Algo más simbólico que eso? Que levante la mano.

Una ciudad funcionaba en su cabeza, donde, con los meses y la lejanía, acabaron de consumirse los últimos saldos de una película en francés.

Una ciudad que funcionaba desde antes de conocernos, pero funcionaba mejor una vez que nos habíamos conocido. Ese núcleo urbano mental se desvanece, y antes de que se apague del todo, como por un enlace se enciende en otro lugar. Como en un experimento hidrostático, cuando se sumerge en un punto se eleva en el otro. No se extinguió, sino simplemente cambió de lugar. Una ciudad nómada que no puede morir, sólo trasladarse. Lo que falta en uno se lo encuentra en el otro. Hay cierto equilibrio que sólo se puede medir en el tiempo.

Sólo ella, sólo allí.


Nunca hubiera imaginado que terminaría preso de la imagen de una tarde con mate y facturas, de un perfume, de una visita inesperada, de un primer paseo hasta la esquina de Vélez Sarsfield y Laprida.

El Epígrafe

 "Rara vez un lector ha encontrado relación alguna entre el epígrafe y el resto del libro."

                                                         Patricio Corvalán, idea carente de sustento, 2013.



Hay quienes buscan en esas frasecitas que hay al inicio de los libros cierta inspiración para la etapa de su vida que están recorriendo en ese momento, que como la mayoría de los casos está rebasada de incertidumbre y malas decisiones; otros esperan encontrar profundos debates filosóficos, contradicciones entre la lógica y el plano de lo real o incluso, por qué no, una frase que concentre toda la idea que será postulada en 450 páginas, con notas al pie que nadie termina de leer. Considerado esto último, no haría falta leer el libro, bastaría con intentar leer concienzudamente estas oraciones que levitan en el extremo superior de lo que casi fueron páginas en blanco, antecediendo al prólogo, otra vil sección totalmente innecesaria; como la tercera concavidad del lavarropas, que no lleva ni enjuague ni jabón el polvo, y nadie sabe por qué está ahí. Se dice que quienes realmente comprenden los más oscuros secretos del universo no son los que leen todo el libro, sino quienes se detienen eternamente en los epígrafes. Porque, si en un estado total de desamparo son capaces de generar una conexión entre una frase suelta y una obra que todavía no leyeron, su perversión no tiene límites.


Se desconoce en qué año se empezaron a utilizar estos engendros cursivos, pero se deduce una intención primordial de despistar y hacerle perder valiosos segundos a los más ingenuos lectores. Ciertos especialistas se atreven a postular que la sola lectura del epígrafe, generalmente proveniente de otro autor que rara vez respira, afecta a la percepción de todo el ensayo subsiguiente, cambiando incluso el sentido de la Tesis, diplomática y elegantemente explayada. El lector, totalmente tensionado, avanza página tras página intentado, sin éxito alguno, olvidar dicha oración de carácter somático. Al final del libro, la conclusión que emana de una voz interna carcomida por la desdicha es la siguiente: 

¡¡Qué cuernos quiso decir con ese epígrafe?!


Algunos pensadores románticos remiten a estas acechantes citas como el principio mismo del concepto de atentado. Una pequeña célula que es capaz de destruir toda una obra si se la coloca en la puerta de entrada.

Al otro lado de la puerta

Un fantasma no puede estar en dos lugares al mismo tiempo.

Algo que no produce sombra, que no tiene reflejo

y que sólo existe en el eco. Algo así, no puede dividirse. 

Es una entidad capaz de mover objetos en el plano de lo real.

Alejarlos de su posición original, pero nunca traerlos de vuelta.

No puede empujar algo más allá del abismo,

no puede quebrarlo, no puede romperlo,

pero puede encaminarlo... a su destrucción.

El fantasma no caminará hasta el final, porque sabe,

sabe que una vez ahí, será arrastrado junto con la víctima.

Caerá en ese lugar donde no hay sonidos ni reflejos.

Más allá de la luz, donde se agrieta la oscuridad,

donde el frío tiembla de miedo, donde la piel se seca y se raspa.

Donde los ojos no existen.


El fantasma no puede mirar, puede sentir

y puede hacerte sentir que lo ves, pero no es ahí...

No es ahí donde está.

Empuja al pasado hasta hacer que su fría nariz

toque la pintura blanca sobre la madera de tu puerta.


No puede esperarte del otro lado

porque no puede dividirse.

Existe aunque no lo pienses, aunque no lo escuches.

No puede nombrarse a sí mismo.

No puede hacerlo porque sabe que no está solo.

Habla, sin emitir sonido, el idioma del aire.

Huele a interiores, huele a tu casa. 


El muro se da vuelta. Se desprende un poco de polvo.

El sonido de la arena del revoque cayendo cesa. El tiempo se detiene.

El fantasma está de espaldas.

Su cuello se dobla, la garganta se abre.


Esa sensación helada y cortante cuando la piel se abre, cuando el rojo se derrama

y la fragilidad emerge y gotea y de repente cae de a chorros. El piso se tiñe de silencio.

El cuerpo ya no está.

Tres o cuatro casas

    Existe una maldición. No sabemos cómo se transmite pero sí cuándo es que nos ocurre.

Sólo te vas a dar cuenta de noche, caminando en la ciudad, por las veredas, incluso si hay luz. Vas a ver una figura, un cuerpo caminando a tres casas de distancia. Tres o cuatro. Como a través de la neblina, la verás caminando.

Cuando te detengas, la figura también lo hará. Cuando continúes, retomará su paso. 
Presta atención, porque esa noche sólo escucharás sus pasos, los de nadie más.

Cuando doble la esquina, también vas a doblar.
Para poder ver su rostro vas a tener que girar tu cuerpo. Media vuelta. Darle la espalda.

Cuando gires la cabeza para ver su cara vas a ver su nuca, porque también habrá girado la suya. La única forma de verle el rostro será dándole la espalda, que levantes un espejo con la mano...

Ahí la verás, con el rostro tapado por un pequeño espejo redondo. Porque la figura, el contorno, también levantó el suyo, para poder ver un cuerpo que lo viene siguiendo. 

Su maldición. vos.

lunes, 3 de enero de 2022

Una noche lluviosa en el Shami

El otro día fuimos al Shami con mi familia. Ahora sé cómo se escribe porque cuando pregunté esa noche mi tío señaló un servilletero o el menú, ya no recuerdo bien, y ahí aprendí. Llegué 15 minutos antes que el resto y esperé afuera bajo un techito, a pesar de que llovía, porque el Shami no tiene onda como para esperar adentro.

En fin, pedimos shawarmas, la especialidad del lugar, y algunas cosas más de puro glotones, entre esas un puré de garbanzos que, aparentemente estaba medio en mal estado. Digo “medio” porque al otro día todos estábamos vivos. Pero nadie se dio cuenta hasta que llegaron mis tíos de Buenos Aires; no venían de Buenos Aires, sino de la casa de mi abuela. Ya íbamos comiendo la mitad del plato; creo que mi tía, al tener una hija chef y un hijo que también es bastante chef pero del tipo diletante, tiene mejor sentido del gusto y/u olfato.
Mi tía (madrina), especialista en cambios, llama a la moza, le avisa que el puré de garbanzos está en mal estado y pide que lo cambien. Lamentablemente ya habíamos comido la mitad de la porción, lo cual, en el universo de los restoranes, sabemos que dificulta el caso. Como condimento a esta situación, la moza nos trataba con desprecio. Creo que tienen cierto rechazo a tener clientes.
Al rato vuelve quien nos atendía, con cierta actitud de enojo transferido desde la dueña del local hacia nosotros, siendo ella el medio. Nos dice que como ya habíamos comida la mitad no podíamos cambiar ni devolver esa porción. Lo cual me imaginaba. Intenta apoyar nuevamente esta media porción de la discordia en nuestra mesa. Mi tía ataja el plato y le dice que “no”, que está bien, que no nos cambien la porción, pero que se fije si nos pueden dar sólo media porción en buen estado, la mitad que no comimos (probablemente ya escupida por toda la cocina, pienso yo, en caso de que este nuevo plan tenga éxito).
Se emprende otro retorno a la cocina, esta vez ya con miedo de la reacción que pueda ocurrir en el extremo de la gerencia, que está en la caja, lugar desde el cual la dueña digita órdenes, dinero y mala onda. Vemos aproximarse a nuestra mesa otra moza, esta vez una más tímida, menos aguerrida, quizás una suerte de mediadora improvisada, nuevamente con el mismo plato, tal cual estaba antes de irse. Con tono tembloroso nos dice que la dueña no acepta de vuelta ese medio plato en mal estado y que teníamos que recibirlo de nuevo en nuestra mesa, como si tuviese vencido el pasaporte o algo así. Tía ataja nuevamente el plato y le dice que no lo aceptamos, que si lo vamos a pagar pero que lo lleve de vuelta. El rostro de la moza transmite cierta condición de “acción imposible de ejecutar” como cuando querés eliminar un archivo PDF que tenés abierto. Nos dice que no la pongamos en esa situación, imagino los ojos de odio de la dueña del local, pero no me atrevo a mirar hacia la caja.
Le decimos que deje el plato ahí, en una de esas mesas vacías que están cerca y que vuelva sin el plato. No hace esto último sino que lo lleva de vuelta a la cocina, no sé cuál habrá sido el diálogo ahí, pero no volvimos a ver el plato; se esfumó junto con la propina.

sábado, 20 de febrero de 2021

El Herrero

Los golpes metálicos del mástil

que está en la planta baja

nunca se detienen

porque los mueve el viento

y al igual que él

llaman algo que nunca llega.

 

El ruido de la amoladora

es insoportable, como un grito rústico agonizante

de un robot siendo torturado

pero sólo dura una mañana

Después queda el insomnio

El eco de la ruptura

¿Quién pone una herrería en un pulmón de manzana?
¿Quién conoce a alguien antes de irse?

Pero siempre nos vamos

y siempre nos mudamos a la par de un taller.