Un fantasma no puede estar en dos lugares al mismo tiempo.
Algo que no produce sombra, que no tiene reflejo
y que sólo existe en el eco. Algo así, no puede dividirse.
Es una entidad capaz de mover objetos en el plano de lo real.
Alejarlos de su posición original, pero nunca traerlos de vuelta.
No puede empujar algo más allá del abismo,
no puede quebrarlo, no puede romperlo,
pero puede encaminarlo... a su destrucción.
El fantasma no caminará hasta el final, porque sabe,
sabe que una vez ahí, será arrastrado junto con la víctima.
Caerá en ese lugar donde no hay sonidos ni reflejos.
Más allá de la luz, donde se agrieta la oscuridad,
donde el frío tiembla de miedo, donde la piel se seca y se raspa.
Donde los ojos no existen.
El fantasma no puede mirar, puede sentir
y puede hacerte sentir que lo ves, pero no es ahí...
No es ahí donde está.
Empuja al pasado hasta hacer que su fría nariz
toque la pintura blanca sobre la madera de tu puerta.
No puede esperarte del otro lado
porque no puede dividirse.
Existe aunque no lo pienses, aunque no lo escuches.
No puede nombrarse a sí mismo.
No puede hacerlo porque sabe que no está solo.
Habla, sin emitir sonido, el idioma del aire.
Huele a interiores, huele a tu casa.
El muro se da vuelta. Se desprende un poco de polvo.
El sonido de la arena del revoque cayendo cesa. El tiempo se detiene.
El fantasma está de espaldas.
Su cuello se dobla, la garganta se abre.
Esa sensación helada y cortante cuando la piel se abre, cuando el rojo se derrama
y la fragilidad emerge y gotea y de repente cae de a chorros. El piso se tiñe de silencio.
El cuerpo ya no está.
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